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México retrocede cuatro décadas en Catar

*Por Carlos Barrón
Especial para ¡Qué Torta!

México ha retrocedido cuatro décadas en el futbol. Desde 1978 no quedaba varado en una ronda de grupos en un Mundial y eso se lo debe a Gerardo “Tata” Martino, un hombre que hizo las valijas desde antes de que comenzara la Copa del Mundo.

La Selección mexicana jugó como si no tuviera nada de por medio, absurda teoría para enfrentar un torneo por el que se preparó supuestamente cuatro años. El proyecto se quedó en un embrión futbolístico con una selección aberrante y penosa que apenas disparó a portería.

Y es que en realidad no existe el problema para la Federación, abrazada al dinero. México es una pobre millonaria selección, un equipo prostituido para generar dólares y ser exhibido comercialmente. El sonido de la caja registradora apagó el ruido del futbol, al Tri no le importa más que cotizarse económicamente.

Dijo Porfirio Díaz, quien fue presidente de México de 1876 a 1911, “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Esta vecindad de tres mil kilómetros ha causado un conflicto mayor para el Tri, el de traicionar su parte futbolística por los dólares. 

Al existir 38 millones de mexicanos avecindados en Estados Unidos, los equipos persisten en jugar partidos moleros (frase que se atribuye al Tuca Ferretti en el sentido de los malls, es decir, partidos que solo sirven para que los jugadores vayan a comprar en las tiendas), sin embargo, se llenan los estadios porque lo que venden es nostalgia para los mexicanos que trabajan allá. La Selección abusa de su propia afición y los directivos no sacian su instinto de dinero.

En ese sentido, el Tata Martino no cambió nada. Un hombre que de joven tenía conceptos líricos del futbol terminó por traicionarse gracias al dinero. Ganando 2,9 millones de dólares al año poco importa si deja un legado. 

Pues bien, tendríamos que dividir el ciclo de Martino con México en dos partes. La primera en el 2019 cuando ganó 15 juegos, empató uno y perdió uno, obteniendo la Copa Oro. La segunda, a partir de la pandemia de covid. El Tri apenas pudo jugar cinco partidos en el 2020 y al entrar en el 2021 todo fue terrorífico.

Martino dejó de trabajar y entregó partidos impresentables en la eliminatoria, que avisaban del fracaso. Aunado a ello, su propia personalidad empapó de rabia a la afición. Un técnico despectivo, que nunca apareció, que jamás mostró otra cara más que en las entrevistas que daba a ciertas televisoras. Se cansó del futbol estando en México, porque una enfermedad ocular lo obligó a alejarse y por ende, de empeñarse en la táctica. Se hartó de todo y tuvo poca empatía con el futbolista mexicano, con el país y la gente. Por eso vivía en Argentina o Asunción, y de vez en cuando se paraba a trabajar en México, no es sorpresivo entonces que el Tri en el Mundial no tuviera una sola jugada entrenada.

Nadie quiere a Martino en México, quizá nunca más volverá a pisar el país, como tampoco lo hace Juan Carlos Osorio o Sven-Goran Eriksson. Tras de sí, no deja nada, solo cuatro años perdidos en lo absurdo de generar dinero porque la maquinaría de la Femexfut así lo demanda.  A él solo le pidieron llegar al Mundial, una encomienda sumamente fácil al tratarse de Concacaf que después de Oceanía es la zona más conformista del mundo futbolístico y en la que México ya ni domina. 

Cualquier persona que entienda de un balón y tres postes clasifica a México. La mediocridad del futbol mexicano contagió a Martino, una quimera como entrenador, que solo presume títulos en la liga paraguaya y en la MLS y que cuando tuvo sus máximas pruebas con el Barcelona y Argentina salió dinamitado.

Martino cumplió, es cierto, le pidieron clasificar al Mundial y lo hizo, apuradamente, por eso no importaba perder otros torneos. Al estar México en Catar, en automático entraron 100 millones de dólares a la Femexfut en patrocinios, lo demás era pararse en el Mundial sin un plan verdadero de trabajo, ni vocación.

En este circo se contrató Martino a quien nunca le pusieron un freno. Se iba cuando quería del país ante la vista condescendiente de Gerardo Torrado, en su momento director de selecciones nacionales e Ignacio Hierro, director deportivo, quienes solo presentaron su diplomado en cualquier escuelita de fútbol y jamás entendieron cómo ejercer su autoridad. Martino no le rindió cuentas a nadie ni pedía permiso para nada, hizo lo que quiso con la Selección, es decir, nada. Estático, le importaba poco el futuro.

El futbolista mexicano tiene talento hasta donde sus limitaciones le permiten, es entonces cuando necesita dos cosas: motivación y disciplina y ninguna se las puso Martino, que les hizo creer que por jugar en Europa estaban completos. Jamás gritó, ni regañó, ni exhortó a nadie. Los apapachó (chineó) al extremo, igual que el entorno del Tri que los hace creer que son jugadores de primer rango, cuando no tienen intenciones de esforzarse.

Las fichas se le cayeron al Tata, lesionados Jesús ““Tecatito” Corona y Raúl Jiménez comenzó a derrumbarse su castillo de naipes y entre tanta atropello dejó que todo fluyera sin brújula.

Lo que le pagaron a Martino es una insignificancia para la Femexfut, hoy más que nunca arrodillada ante Estados Unidos que le ha compartido una porción del pastel al organizar el Mundial con diez juegos en el 2026, a cambio solicitó mayor sinergia.

La macabra Leagues Cup en la que participarán el año próximo todos los equipos de la MLS y de la liga mexicana es una consecuencia de las reglas impuestas por Estados Unidos. México es tan pobre que solo tiene dinero y una necesidad de alejarse de Conmebol para acercarse a los gringos.

Se ha retrocedido cuatro décadas. Lo de Catar fue la muestra de una falta de trabajo desde que empezó la pandemia, sin gol, sin imaginación y sin agallas, un equipo vulgarizado. No quedan más que situaciones aberrantes como ver que Messi puntea la playera de México en el suelo. Lo que el Tri no supo defender en la cancha, lo defiende con un boxeador.

*Reportero especializado en deportes. Trabaja para el periódico Excélsior de México

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