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Entrevista: Gerardo Zamora saborea la vida

Roberto Acosta, periodista

El testimonio del periodista Gerardo Zamora es inspirador, pero también hay pinceladas de adversidad, aunque mientras se conversa con él eso no parece ser algo que afecte su buen ánimo.

Cuando sacamos un tiempo, en un fin de semana, a finales de agosto del 2022, para desmenuzar este carrusel de emociones que ha vivido desde julio del 2019, acababa de recuperarse de su sétima operación.

El diagnóstico en aquel momento era que se había curado completamente y eso lo tenía muy feliz.

Pero, reapareció una pequeña masita al lado derecho de su cabeza, que requirió de una nueva intervención: la octava.

Y aunque Gera habla de que ocho son suficientes, ahora saldrá del país para someterse a estudios sobre la mutación que se presenta en la lesión con el objetivo de que no crezca más o tan rápido.

Esta es parte de la entrevista que Zamora concedió a ¡Qué Torta!:

– Siempre que hemos hablado estás lleno de optimismo y eso es algo de admirar, pero, cuando te ves al espejo, ¿qué pensás?

– Vieras que, he aprendido a raíz de esta situación, a quererme, a darme palmaditas, a felicitarme, era algo que antes no tenía.

Es muy curioso, porque alguien podría pensar que al faltarme un ojo, que al haber sido sometido a tantas cirugías, uno podría estar disminuido, y más bien he aprendido a cachetearme cuando me veo al espejo y decirme: ‘¡Pucha, lo estás haciendo bien! ¡Estás pulseándola!’, y esa felicitación arranca desde cosas como, por ejemplo, haberme preparado solito el desayuno, que uno podría pensar ‘mae, eso es supercomplicado’.

Bueno, con un ojo, algunas maniobras, alguna movilización, la ejecución de ciertas tareas se vuelve más lenta, hay que tener más paciencia.

Contestando tu pregunta, me veo al espejo y lo que creo que ha cambiado es que me he vuelto más porrista de mí mismo, que a veces uno como ser humano falla en eso. Entonces, me felicito más y, de verdad lo hago así como te digo, me miro al espejo, me palmoteo, y digo: ‘¡Bien, Gerardo!; desayunaste, regaste el jardín y saliste a hacer una vuelta o un mandado solito’.

Eso para mí tiene un valor y me imagino que afecta positivamente mi autoestima. Lejos de lamentarme por lo que me falta, por lo que no tengo, por mi apariencia física, lejos de victimizarme, ‘pobrecito yo’, ‘¡qué feo me veo!’, ‘las cosas las hago más lento ahora’; lejos de enumerar en un espejo lo que falta, más bien enumero las cosas que tengo a favor.

– ¿Has tenido espacio para preguntarte o pensar qué extrañás antes de todo este proceso? ¿Extrañas algo en particular?

— No, vieras que no, no extraño nada y voy incluso a decir algo que podría sonar suicida, tonto, increíble, vieras que si la vida me vuelve a poner frente a estas circunstancias no lo rechazaría, no lo cambiaría.

Alguien dirá: ‘Mae, pero, ¿cómo no vas a cambiar tres años de cirugías, de angustia?’.

No lo cambiaría, porque el aprendizaje que fui tomando durante estos tres años y todavía sigo asimilando, las cosas que he aprendido a valorar son tan importantes que aunque suene suicida, repito, valió el boleto. No, no extraño nada, porque más bien aprendí mucho.

No hay nada que diga, ‘uy, yo cambiaría esto’, ‘uy, perdí esta cualidad positiva que tenía antes y ya no la tengo’. Más bien, al revés, salí como fortalecido porque aprendí a valorar más cosas, desde la familia, que fue un tesoro y es un tesoro, un punto de apoyo vital; mi relación con Dios, que no tiene que ver nada con que rece más o vaya más a misa y agarre el rosario todos los días. Creo que todos tenemos una forma diferente de relacionarnos con él, pero mi relación con Dios la saboreo más, es más íntima.

Valoro mucho más las cosas, una taza de café, una buena conversación. Digamos que esta situación me ha permitido quitar el pie del acelerador, convertimos, a veces, la vida como una carrera desbocada, como un caballo sin control y, diay, me tocó topar con una situación que me obligó a hacer una pausa. Posiblemente, esto sea parte de un cuerpo que estaba gritando desesperadamente ‘pare, deténgase’; entonces, no extraño nada del pasado.

– ¿Alguna vez te has planteado por qué te pasó esto, en la intimidad, solo; en la soledad, sin tus hijos, sin tu esposa, solo; sentado, no sé si alguna vez has dicho, por qué a mí?

— Nunca llegué a agarrarme con Dios. Si te confieso que posiblemente ya estaba cerca de ese punto, eran tres años de desgaste emocional y físico, entonces posiblemente no puedo negar que ya a la vuelta de la esquina estaría esperándome ese momento, porque uno es ser humano y tiene un desgaste y nunca me agarré con Dios, ni le reclamé a la vida, pero la pregunta que si me estoy todavía contestando, o sea no la he contestado y no sé, puede tomarme años o el resto de mi vida, pero es una pregunta emocionante, o sea es linda y yo sé que la vamos a ir descubriendo poco a poco y es ¿para qué?

Esa sí es una pregunta linda y emocionante, porque tengo claro que si Dios me la está prestando (la vida) y me metió en esto o estoy en esto es para algo y lo he ido descubriendo poco a poco; esa misión o ese plan maestro a veces uno ni comprende el porqué o para qué suceden las cosas.

Bueno, un primer caso que me doy cuenta es que tal vez por mi condición profesional de trabajar en medios, de haber estado en televisión, he tenido la oportunidad de compartir mucho mi vivencia, pero desde un punto de vista más que médico; emocional, espiritual, como persona y eso ha permitido que llegue como un mensaje fuerte, sólido a mucha gente que talvez está atravesando momentos difíciles, no solo de salud.

Me he llegado a topar parejas, matrimonios que me dicen: ‘Escuché una vez, te vi una vez, te leí una vez en una entrevista y viera una frase que dijiste ¡cómo nos ayudó como pareja para enfrentar una adversidad!’. Entonces, uno empieza a descubrir con el tiempo que en una situación como la mía, Dios así lo ha querido, que el compartir haya servido como herramienta de apoyo para muchas personas.

– ¿Cómo podrías describir el papel de tu familia en este proceso?

– Si pudiera hacer una comparación desde el día número uno, desde que a mí me dan la noticia y emprendo esta travesía; esta odisea de tres años, para mí fue como que me hubiera mandado a altamar, como si hubiera agarrado una embarcación y me hubiera mandado a un mar bravío y desde el momento que zarpé, sin pedírselo a la familia, todos se montaron a ese barco conmigo. Y se pusieron chaleco salvavidas, se pusieron sombrero y se montaron al barco conmigo, o sea, los vi a la par subirse al barco.

Entonces, te podés imaginar el poder y el valor que tiene eso, sin yo decírselos; sin yo pedírselos, ellos se montaron en la aventura de tres años y zarparon conmigo, entonces la seguridad y el amor que vos sentís no es el mismo si te tocara zarpar solo.

Ese amor se podía ver como desde un buen desayuno cuando ya venía de recuperarme, un mensaje por WhatsApp, una visita al hospital, un acompañamiento a una cita. El amor se tradujo en compañía.

– ¿De dónde has sacado las fuerzas para salir adelante?

– Una cosa que me ayudó mucho y creo que fue un tesoro que Dios me regaló, fue esa famosa frase de “un día a la vez”. En un caso como el mío, en lugar de ver el gran monstruo, la gran muralla, yo decía: ‘Hoy lo que me corresponde y lo que me mandaron a hacer fue el examen de sangre, nada más’ y me concentraba solo en eso y así y cuando yo me di cuenta ya estaba operado, ya con la primera.

Pero si veo como la gran operación y veo el montón de exámenes que me tengo que hacer día a día y todo, diay, me desespero, uno se desesperaría, se volvería loco y vería cada una de esas cirugías como un imposible lograr; el secreto está en un día a la vez, no desesperarse.

Debo reconocer que tal vez antes era más atropellado, más acelerado y además al ser periodista de sala de redacción, diay, vos sabés que uno era mas acelerado, ahora he aprendido a darme un poco más de pausa.

– ¿Cuál ha sido la situación más emotiva que has vivido en estos tres años?

– Creo que de las más emotivas fue una señora que me topé en el hospital de Heredia, que sacó un rosario y me dijo: ‘Gerardo, en mi casa hemos orado por usted un montón, toque por favor este rosario’. Lo toqué y me dijo: ‘Hoy voy a dedicar el rosario por usted’. Y me comentó: ‘Soy una sobreviviente de cáncer de seno, me acaban de dar de alta y su historia fue inspiradora para mí, porque en los peores momentos que tuve, donde ya me derrumbaba en algún momento observé una entrevista suya, conocí su historia y para mí fue inspiradora para seguir adelante’.

Y oiga, era una señora ya con años, era una señora casi por entrar a ser adulta mayor. Creo que ese es de los momentos más emotivos y que más me marcó.

– ¿Cómo reaccionaste?

– La abracé inmediatamente y claro que se me hizo un nudo en la garganta. Y recuerdo otra, fue con uno de los médicos, Fabián Artavia se llama, del servicio de Radioterapia en el hospital México, uno de los que le tocó darme buenas noticias de unos exámenes.

Cuando iba hablando, prendió la pantalla e íbamos viendo las imágenes de un TAC, de la resonancia magnética y empezó a hablar que estaba sorprendido de los resultados extraordinarios porque resulté un paciente atípico totalmente, con un tumor que aunque benigno se comportaba como si fuera maligno.

Entonces, cuando terminó de hablar y la cita, él se puso de pie porque nos íbamos a despedir y me dio la mano para despedirse. ¡Nombre, ¿cual mano?! Nada más lo jalé a él, eso sí fue muy emotivo y le dije: ‘¡Nombre, doctor, ¿cómo me va a dar la mano?!” y lo abracé. Lloré, ahí si lloré con él.

Hay un momento con mis hermanos, después de la operación en la que me quitaron el ojo. De todas fue la que más me costó recuperarme, pero también en la que psicológicamente me sentía más inseguro, tan inseguro que la noche siguiente a la operación a mí me daba pavor dormirme, sentía que si me dormía, me moría.

Estaba débil, frágil, recién operado, con dolores, con la anestesia rondando por ahí. Como si fuera un niño de tres años le pedí a mi familia que necesitaba que por favor, uno a uno, ojalá varios días o varias noches vinieran a dormir conmigo al hospital.

Recuerdo que mis hermanos se turnaron y uno a uno vinieron a dormir conmigo. ¡Qué dormir conmigo! Ahí es donde viene lo especial, no fue ni siquiera que se subieron a la camilla conmigo, jamás, porque eso en el hospital no lo dejan, sino que los doctores habilitaron un sillón a la par de la camilla para estar con mi familiar ahí y vieras que nada más extendía mi brazo derecho, lo sacaba y lo que quería era nada más sentir el hombro o el brazo de mis hermanos y esas tres noches dormí perfectamente de la mano o del brazo o del hombro o de la cabeza de mis hermanos.

Eso para mí tiene un valor enorme porque quien estaba clamando y gritando era el Gerardo niño, la parte frágil, el Gerardo con susto, con miedo, entonces sentir a mis hermanos ahí eso para mí tuvo un golpe de seguridad, de amor y sobre todo de comprensión.

– ¿Sos más sensible ahora?

– Viera ahora. A mí me conmueve cualquier cosa, a veces he salido al patio, es un patiecito humilde que tenemos, es un patiecito de tres metros cuadrados, donde apenas caben unas matitas. A veces salgo a comer una naranja y me estoy comiendo la naranja y empiezo a llorar, pero a llorar con un llanto de agradecimiento y la brisa me pega y digo: ‘Ay, no puede ser que estoy aquí comiéndome una naranja, qué es esta bendición que salí del hospital y estoy sano comiéndome una naranjita aquí en el patio’.

A mí me conmueven ahora las cosas. Me hago un huevito, ahora me hice un huevito frito para el desayuno y empiezo a comérmelo con pan y de pronto empiezo a llorar de alegría. Siento que soy una persona que ha desarrollado la sensibilidad a las cosas pequeñas de la vida que tal vez antes las veía en automático.

– ¿Cómo has visualizado el futuro?

— Creo que más que cosas qué hacer, es cómo hacerlas. Un gran proyecto que tenemos Ginnés (Rodríguez, presentadora de Informe 11 Las Historias y directora de Comunicación de la Empresa de Servicios Públicos de Heredia, ESPH) y yo es hacernos, por fin, una casita. Un proyecto como la casa posiblemente lo vamos a enfrentar de una manera distinta.

Vuelvo otra vez a la misma palabra “saborear”. Ahora, a futuro, me planteo cosas que no importa si son viajes, construcción de la casa o las cosas diarias que hacemos, pero saboreadas, saborear la vida que es lo que creo que me ha faltado, de hacer esa pausa y saborear la vida y si a futuro hay proyectos lindos, a nivel material como la casa, es un proyecto que tenemos y que posiblemente si Dios lo permite lo arranquemos.

A nivel laboral igual, abrazar los proyectos de la oficina de comunicación de la U (Universidad Nacional, donde es periodista), saboreándolos. Una universidad además permite eso a la hora de proyectar tantas cosas que hacen. Te diría que a futuro mi gran meta es saborear más las cosas, saborear el crecimiento de mis hijos, suena como sencillo, pero no es tan fácil en un mundo tan loco como el que vivimos es una tarea, y más para padres de familia, es una tarea y un reto, un desafío.

– ¿Qué ha cambiado desde que perdiste el ojo derecho?

– Hay cosas que me cuestan más, las he ido mejorando, pero sí me cuestan. La manipulación de objetos, si voy a agarrar un vaso o una cuchara suele caerse. Ya he ido mejorando, ya digamos que pifio menos. Fue una situación que al principio me costó mucho.

Para manejar, manejo auto muy poco, solo de día y ahí sí me volví completamente precavido, manejo bien despacio y para parquear duro, pero no importa.

Una forma bonita en que le dimos la bienvenida a la discapacidad fue que en la familia nos inventamos la fiesta pirata. Cuando regresé del hospital sin un ojo y como hay tantos niños en la familia, sobrinos, más mis hijos, hicimos una fiesta de bienvenida donde había que darle la bienvenida al tío pirata, a papá pirata; fue una forma muy bonita porque el queque tenia un motivo pirata, todos andaban con un parche, entonces los chiquillos andaban felices con sus espaditas y sus parches pirata. La piñata era de un pirata, el inflable que se contrató era un barco pirata. Entonces fue una manera muy lúdica, muy divertida en lugar de esconderlo.

Eso ha ayudado a tomarlo con humor, con tranquilidad, con aceptación. Ahora duro el doble en todo, pero es parte también del acomodo familiar.

Y Dios libre a mí se me pierdan los anteojos porque estoy frito para leer, porque el ojo que me queda, en este momento está trabajando a un 70% de su capacidad, porque todavía mi cerebro está un poco inflamado de tanta cirugía y de tanta radioterapia. Él todavía está inflamado.

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