*Por Manuel Benavides Barquero
Sacerdote e historiador
Me causó gran preocupación enterarme de la mención y utilización de la figura de Pablo Alvarado en el discurso pronunciado por el señor alcalde de Cartago, tanto el 14 como el 15 de setiembre del 2022, enmarcado en la discusión y propuestas de algunos habitantes de aquella ciudad para eliminar esas fechas festivas y establecer la del 29 de octubre como la oficial.
Me preocupa la deficiente asesoría histórica que tuvo el señor alcalde para hacer semejante alegoría frente a un importante público que participaba de las actividades patrias, siendo que su cargo es de tanta importancia, y el hecho que se conmemoraba mucho más, no puede darse esos permisos, más cuando tiene una cobertura informativa que desborda los límites de esa ciudad.
Me produjo varias inquietudes esa propuesta discursiva, pues fue un “servicio” que prestó a un grupo determinado de cartagineses que en los últimos años se han propuesto a toda costa, desde un localismo que no beneficia a nadie, cambiar esa fecha con “declaración oficial” por parte del Gobierno.
En su intento, que contempla ya dos proyectos de ley presentados a la Asamblea Legislativa, se observa cierta desesperación, pero más todavía, una falta de seriedad histórica, pues no solo no han hecho un ejercicio de investigación histórica serio desde lo que esta ciencia tiene como propósito, sino que, además de lanzar una serie de argumentos y citas textuales que suenan más a un collage en el recorrido echan mano a cualquier argumento que vaya apareciendo para defender su “iniciativa”. Si el estudio histórico hubiera sido serio desde el inicio no tendrían necesidad de esa táctica poco seria.
El último recurso al que echaron mano fue la figura de Pablo Alvarado y pretendieron darle fuerza injertándolo en el discurso del Alcalde de esa ciudad. No sé quién les ofreció el material, pero los estudios antiguos y el más reciente sobre ese personaje histórico, padecen de varias equivocaciones por no haber hecho una indagación más amplia que contemple nuevas fuentes. Además, tiene serios problemas metodológicos al sacar los documentos originales de su contexto, proceder incorrecto que les permite irresponsablemente hacer suposiciones y aseveraciones que son más de los del presente que lo que realmente hizo y pensó Pablo Alvarado.
Hay que tener en cuenta que ya pasó el tiempo del caudillismo que marcó la historia liberal positivista de finales del siglo XIX. No tiene sentido crear más “héroes”, sino es para una interpretación que va más allá de la persona para lograr comprender mejor lo que experimentó aquella sociedad.
Este pequeño artículo no tiene la intención de analizar toda la vida del referenciado Alvarado, aunque sí se cuenta con material nuevo para aclarar su vida. Pero en lo que se refiere al uso que se hizo de su figura en los discursos de las celebraciones en Cartago y la finalidad de los que se empeñan en resaltar la fecha del 29 de octubre es bueno anotar lo siguiente.
Desde nuestro presente no se debe agrandar más allá de lo que fue la figura de Alvarado y mucho menos hacerlo con fines “políticos y premeditados”. No le hace bien a él ni a nosotros. De la misma manera, hay que interpretar su accionar en aquel contexto.
Por ahora, no se conoce el escrito que él hizo circular en 1808 y las noticias que se tienen sobre su encarcelamiento son muy limitadas. Sin embargo, su escrito, supuestamente independentista, que por cierto no fue un grito, no se valoró en aquella época con las dimensiones que hoy se le quieren dar. Si las ideas expuestas hubieran sido muy graves para aquel sistema político, la suerte que debió haber sufrido Pablo Alvarado debió ser otra.
Es decir, si realmente fue muy grave, la condena era la pena de muerte; si disminuía la gravedad sufría el exilio fuera del Reino; si se reducía aún más la gravedad del asunto, la consecuencia hubiera sido la cárcel por varios años.
Téngase en cuenta, además, que en diferentes partes de ese proceso judicial se daba la confiscación de sus bienes. Sin embargo, pocos meses después, Alvarado estaba fuera de la cárcel. Sus estudiosos dicen que hasta ahora no se ha localizado el expediente de su juicio; posiblemente sea porque no lo hubo.
Todo esto se ve confirmado por otro hecho jurídico de la época. Regularmente las personas que cometían delitos de diferente índole, pero mucho más en el tipo de materia que se le adjudica a Alvarado, perdían lo que podríamos llamar su “personalidad social”, de manera que quedaban marcados de por vida como para que pudieran ejercer funciones sociales de diferente tipo.
Es curioso que esto no se cumpla en el caso de este personaje, porque en enero de 1810 su hermano, el cura José Antonio Alvarado, coadjutor de Amatitlán, le estaba dando un poder legal para que lo representara en la ciudad de Guatemala porque quería concursar para llenar la vacante de una parroquia.
Es posible que para las autoridades el acto se debió a una travesura de juventud, lo que explica que Alvarado no volvió a inmiscuirse en este tipo de acciones. Ocasiones no le faltaron, pues se dieron en 1811, 1812 y 1814 revueltas en Tegucigalpa, Honduras; en El Salvador; en León, Granada y Rivas en Nicaragua, y no se le encuentra interviniendo en esa área política.
Si bien, esas revueltas no son consideradas por los historiadores actuales como de tendencia independentista, muchos de sus actores, como pasó en el caso de Granada, sufrieron más de lo que Alvarado sufrió; algunos perdieron sus bienes, la vida y otros llegaron hasta las cárceles de Cádiz, España.
Por todas estas razones, no se puede agrandar la figura de Pablo Alvarado con argumentos y suposiciones de nuestro presente, de acuerdo a la historia patria que se nos ha enseñado, y cuanto más cuando las intenciones se dirigen a servir a otros fines como desplazar la fecha del 15 de setiembre y aprovechar la ocasión para luchar por la propuesta de los obsesionados por el 29 de octubre.
Finalmente, vuelvo a lamentar que el alcalde de la ciudad de Cartago no busque mejor asesoramiento en materia histórica. Con la intención de ayudar en algo a él y al público en general, me comprometo a escribir varios artículos como este sobre las razones históricas y jurídicas por las que el acta de Cartago no puede justificar la eliminación de la celebración del 15 de setiembre y menos colocar en su lugar, muchos menos aún para todo el país, la fecha del 29 de octubre.
*El autor es académico correspondiente de la Academia de Historia y Geografía de Guatemala.
Premio Cleto González Víquez 2022 de la Academia de Geografía e Historia de Costa Rica.







