*Por Roberto Acosta Díaz
A Luis Morales Castro lo conocí hace unos 17 años, cuando ingresé a trabajar al Grupo Extra, en setiembre del 2002.
Debo reconocer que nunca fui cercano a él, tampoco compartimos redacción, pero repetidamente me lo encontraba en coberturas noticiosas y algún momento tuvimos que haber viajado en el mismo carro.
Lo recuerdo como un tipo callado y bromeaba poco. Mientras escribía estas líneas confieso que se me vino a la mente que a veces se les metía a los camarógrafos en las tomas, pero hoy comprendo que se concentraba tanto en sacar la mejor foto para La Prensa Libre que ni se daba cuenta.
A uno que sacaba de quicio era a Fernando Reyes (qdDg), pero todo terminaba en un abrazo acalorado.
Hasta hace un par de semanas, su situación actual me era completamente desconocida, pero una serie de hechos hizo que me involucrara y tratara de ayudarle como mejor pudiera.
A sus 69 años vivía con desesperación, soledad y resignación en una pequeña casa en Concepción Abajo de Alajuelita.
No tenía qué comer y por eso buscó ayuda. Se le ocurrió ir, a finales del año anterior, a una oficina del Instituto Mixto de Ayuda Social (IMAS), de donde lo devolvieron porque ya el gobierno “le ayudaba” al darle una pensión de ¢130.000, que solo le alcanzaba para pagar el alquiler.
Aquí hago la primera parada. Me costaba mucho entender esa frase que usó Morales. Trabajó durante 30 años en La Prensa Libre, no cotizó todo ese periodo, sino un poco más de la mitad, pero lo hizo. Si recibía pensión fue porque aportó al sistema de la seguridad social.
Eso NO es una ayuda del gobierno. Caso aparte son las pensiones del régimen no contributivo, que sí son ayudas estatales.
Pasaron las semanas y regresó a la oficina del IMAS para insistir en que le dieran algún subsidio y la respuesta fue que llenara un formulario y que ahí lo llamaban.
Se quedó esperando hasta que se murió, el 1.° de mayo. El sistema falló. El que tanto ha defendido el presidente, Carlos Alvarado Quesada, quien dirigió el IMAS entre el 2014 y el 2016.
Es curioso porque la ayuda que sí llegó a tiempo fue la de sus excompañeros de trabajo, quienes le dejaron un diario enorme el viernes 24 de abril, justo una semana antes de que falleciera.
Fue la última vez que compartió un rato con su exjefe Reinaldo Lewis. Se le vio bien, hasta se desenvolvió para hacer un video que ha circulado repetidamente y en el que denuncia su caso.
Lo que llamó la atención fue verlo conectado a una máquina que lo ayudaba a respirar 16 horas al día porque padecía de enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC). Llevaba un año y medio así.
Este medio envió un correo al IMAS el martes 28 de abril a la oficina de prensa con los datos personales de Morales, tal como se nos instruyó, para que estudiaran el caso, pero ya era tarde.
Al fotógrafo no solo lo agobiaba no tener qué comer, sino cómo pagar el recibo de luz (entre ¢30.000 y ¢35.000 mensuales) y el de agua.
Aunque no lo dijo, se interpreta que vivía de la caridad de sus vecinos, quienes lo apoyaban cuando podían. La procesión iba por dentro.
Su muerte en el hospital San Juan de Dios, la madrugada del 1.° de mayo, nos abrió los ojos. Hay injusticias, inequidad y negligencia estatal. ¿Cuántos casos más así habrá en el país?







