Hay refranes sabios e infalibles del pueblo que se ajustan perfectamente para retratar al presidente, Carlos Alvarado Quesada.
Ni siquiera pensaba en ser candidato, cuando disparaba a mansalva a los políticos de turno que lo “asqueaban” por su oportunismo y hasta le daba pena tanta falta de talento de los “especímenes” que dirigían el país.
Soñaba con un líder que no le diera vergüenza y criticaba con frecuencia la doble moral de los jerarcas.
Es indudable que la lengua (o la pluma) lo castigó y que por la boca murió el pez.
El búmeran que lanzó con dureza y sin piedad a partir del 2010 se le ha devuelto con una fuerza descomunal; lo deja sin argumentos y desnuda cada pensamiento que tuvo en el pasado, que apoyaron varios periodistas de su círculo de confianza.
Algunos le ayudaron a editar sus libros, otros se encargan de verificar la “verdad de las mentiras” y trabajaron en épocas electorales del 2014 en un medio de Llorente de Tibás.
Si bien es cierto, parece que hay parte de la prensa que empezó a cuestionar a Alvarado hace un mes aproximadamente se debe ser claros que en periodo electoral (campaña 2018) y posterior se le trató con complacencia en entrevistas e intervenciones en conferencias.
Tanto despotricó contra aquel pifionazo de Laura Chinchilla al montarse en un avión propiedad de un empresario con supuestos vínculos con el narcotráfico (mayo 2013), que terminó viviendo en carne propia un escandalazo similar al viajar en helicóptero al hotel Punta Islita, en Bejuco de Nandayure, Guanacaste.
El ministro de Coordinación con el Sector Productivo, André Garnier, paseó con el mandatario del 7 de agosto al 11 de agosto y cuadró el vuelo de ida en una aeronave de la empresa Servuss S. A. Garnier tiene participación en esa compañía a través de un poder.
A raíz de la visita del mandatario se descubrió que el centro turístico, del que la familia Garnier está relacionada, debía más de ¢82 millones a Hacienda y a la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS).
El Alvarado presidente pronto se refirió al tema, al darse a conocer que la Fiscalía abrió una investigación de oficio y sin mucho mate afirmó que no había delito alguno en su conducta.
El Alvarado de hace diez años habría vilipendiado al mandatario que incurriera en un pasaje tan polémico. No es una suposición, va acorde a su línea dura de criticar todo lo que no sea PAC.
El viaje a Islita simplemente reconfirmó que el presidente acomoda su discurso a conveniencia.
Le falta humildad para reconocer los errores, para aceptar cuando se incurre en una inmoralidad (que es diferente a una ilegalidad) o simplemente para admitir que ha hundido al país en un atolladero de mierda, lo que tanto le generaba tristeza e impotencia en el pasado.
Alvarado es el artífice de impulsar a Luis Guillermo Solís a la silla presidencial en mayo del 2014. Se propuso desde un inicio en apoyarlo como precandidato junto con un grupo de militantes del PAC entre los que figuraban Alberto Salom, Harold Villegas y Eduardo Trejos (actual director de Inteligencia y Seguridad Nacional).
Aquel triunfo de Luis Guillermo en primera ronda (febrero 2014) frente a Johnny Araya (PLN) fue festejado con emoción desde la dirección de un medio tibaseño.
Sus primeros pasos en el círculo político los dio en la Asamblea Legislativa siendo asesor de la primera fracción PAC (2002-2006). Gozaba de la confianza plena de Ottón Solís y era frecuente verlo fumarse un cigarrillo por los pasillos cercanos al Plenario.
El presidente es una buena persona, pero ha demostrado ser incapaz como primer funcionario al frente del gobierno.
Ha intentado, por lo menos en seis ocasiones, impulsar un plan de reactivación económica que parece que solo cuando duerme lo conoce.
En sus épocas de periodista de fracción del PAC era servicial. Creía firmemente en las ideas de Ottón, aquel que se vendió por décadas como el defensor de la ética en Costa Rica (aunque recientemente lo negó) y que inició dando cátedra con aquel pacto de la galleta de 1996.
El líder indiscutible del PAC siempre peleó por migajas, porque se ahorrara en las meriendas de los legisladores y que el menú se limitara a galletas, té y café.
Pero en aquel 1996, Ottón nunca rindió una lucha feroz contra las pensiones de lujo; lo hizo apenas en el 2017, cuando ya la discusión era ampliamente conocida y aprovechó para montarse en la ola.
Es parte de un discurso populista y barato que una vez en el poder quedó atrás.
Alvarado juró dar su mejor versión al frente del gabinete, pero se ve que el reto lo superó por completo, no estaba preparado, y aunque bajo esa teoría él sería un corrupto (por aceptar un cargo al que no está preparado) seguirá siendo presidente hasta mayo del 2022, a pesar de que muchos pidan su cabeza.







