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Al director del OIJ, Randall Zúñiga, se le cayeron las medallas

Randall Zúñiga debe ser despedido como director del Organismo de Investigación Judicial (OIJ).

Suena contundente, pero es la única decisión con sentido común que pueden tomar los altos jueces del Poder Judicial sobre su caso.

Y hay que dejar de lado varios elementos importantes que causan ruido en esta discusión. 

Ni siquiera se debe tomar en cuenta el hecho que enfrente tres causas por aparentes violaciones sexuales y transmisión de enfermedades sexuales. Cada una interpuesta por mujeres de diferentes partes del país y que no se conocen.

Tampoco hay que entrar a valorar quién ganó el pulso en el vacilón que se armó afuera de un restaurante capitalino; ¿punto a favor de la canalla o de los ‘wannabes’?

Todo eso es harina de otro costal.

Lo que es objeto a fondo del caso de Zúñiga es la ligereza con la que el jefe de la Policía científica costarricense, la de mayor credibilidad a la hora de resolver casos complejos, se tomó su puesto.

Y es fácil sostener, desde esta perspectiva, que cuesta trabajo entender cómo un hombre tan estudioso (cuenta con tres carreras y tres maestrías), con una carrera impecable de 25 años, antes de ser escogido como director del OIJ por 20 magistrados de la Corte Plena, y un récord intachable manchó su expediente por meras calenturas.

En su conducta, absolutamente antiética, y nos referimos a estarse tomando ‘selfis’ en allanamientos para guasapear con sus queridas, a compartir información sensible con ellas, mujeres con quienes sostenía encuentros casuales, que no formaban parte de su entorno familiar, ni de confianza, hizo precisamente todo lo contrario a lo que siempre les aconsejaba a las costarricenses; a no revelar detalles que les comprometan desde cualquier forma, como una estafa, un fraude electrónico, en fin, tantos delitos.

Zúńiga, de 49 años, aparece como casado, pero ¡Qué Torta! supo que se separó de su esposa unos seis meses después de que lo nombraron como director del OIJ aquel lunes 28 de agosto del 2023. 

Allí se empezó a desboronar su vida personal, incuestionable hasta ese momento, inicios del 2024. Experimentó una infinidad de romances, que lo tienen hundido ante la opinión pública.

Y no es que no tenga derecho a hacerlo, a amar con desenfreno, pero su puesto exige un manejo diferente en sus relaciones; no es un ciudadano común que puede andar de picaflor de barrio en barrio, ni de Facebook en Facebook cazando damiselas. 

Se trata del director del OIJ, que debe guardar la compostura adentro y afuera y que, si desea compartir alguna intimidad sobre casos que caen en sus manos, aunque lo tenga prohibido, que no quede huella, como es su situación. Fotos, audios y videos lo dejan por el suelo. 

Lo peor es que insulta la inteligencia de la gente al decir que todo es parte de una trama política o de un vulgar montaje con inteligencia artificial. A otro perro con ese hueso. 

Si tiene dignidad, don Randall, y quiere ser coherente, desde hace rato debió poner la renuncia, pero no conoce la humildad.

Esperemos que a quienes les toca tomar la decisión lo quiten y pongan a alguien con credibilidad, porque él ya la perdió.

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